Safari Masai Mara (I)
29 mayo 2012
Peter Mburu, propietario (y guía) de la agencia High Peak Safaris, acudió puntualmente a primera hora de la mañana a nuestro hotel en Nairobi. Desde Barcelona le habíamos contratado un safari de cuatro días por el Masai Mara y el Lago Nakuru; llegamos incluso a transferirle por adelantado parte del coste de sus servicios. En este aspecto nos pareció una persona de confianza.
También se presentó Joseph, conductor de la furgoneta con la que nos desplazaríamos. Fue nuestra suerte. Pues nos hizo vibrar por su perspicacia para otear animales en la reserva y conocimientos sobre la fauna. Él, realmente, nos hizo de guía. Y aunque en esta ocasión había sido contratado como conductor, posee su propia agencia (josephthuo2007@yahoo.com).
Salimos de Nairobi y, tras circular por la tierra de los kikuyu, enfilamos una sinuosa carretera hasta alcanzar el eje del Great Rift Valley. Nos detuvimos en un mirador desde el que contemplamos extraordinarias vistas del valle castigado por la severa sequía que azotaba a la zona y, obviamente, también a la reserva que íbamos a visitar.
El viaje por carretera continuó hasta Narok, donde hicimos un alto para comer. Luego proseguimos por caminos de tierra, adentrándonos en el árido territorio masai. A lo largo de la ruta se manifestaban los estragos de la falta de lluvias: en un entorno de matorrales muy secos aparecían esparcidas chozas de caña rebozadas de barro, mostrando sus entrañas.
En los aledaños de un poblado masai y cercano a la entrada de la Reserva Nacional Masai Mara se asentaba nuestro campamento, al que llegamos a media tarde. Nos ubicaron en una tienda tipo militar con dos camastros sin mosquiteras. De los aseos conviene no decir decir nada. Un gran error de Peter, acuciado por el presupuesto.
Sin embargo, y a pesar de esas circunstancias, lo que verdaderamente importaba era hacer realidad un sueño. Fue poco después de nuestra llegada, cuando pasadas las cuatro de la tarde traspasábamos la puerta principal de la Reserva Nacional Masai Mara y entrábamos en un espacio que es la continuación natural de las llanuras del Serengeti, en Tanzania, ancestralmente habitado por la tribu masai y cruzado de norte a sur por el río Mara, llegando hasta el Great Rift Valley.
El primer safari. Frente a nosotros se extendía la inmensa sabana salpicada de acacias y matorrales y, en el horizonte, onduladas colinas evocando el peculiar paisaje africano tantas veces visto en el cine.
No era tensa la atmósfera que se respiraba, más bien relajada. No visualizábamos una película, eran realidades las que aquella tarde teníamos ante nosotros cuando el vehículo se adentraba por las pistas de la planicie. En ese paisaje natural concurren y conviven, entre otros animales, gacelas Thomson, impalas, jirafas de seis colores -o jirafa masai- de cuatro metros y medio de altura, cebras, ñues, avestruces machos (color negro) y hembras (color gris), las cuales pueden llegar a correr a 72 km/h -según nos comentó Joseph.
Aunque también cabe decir que en África presumen de contar con los llamados cinco grandes: búfalos, rinocerontes, leones, elefantes y leopardos. Y durante la primera hora ya habíamos visto al búfalo.
La tarde avanzaba y la dramática quietud en la reserva se acentuaba. Entonces, atisbamos nuestro primer león, tumbado y ocioso en un claro de unos matorrales, junto a la pista por donde circulábamos. Nuestra presencia no le incomodaba: se incorporó, oteó el horizonte, emitió un estruendoso rugido y pausadamente comenzó a lamer sus portentosas patas.
Sin embargo, no muy lejos se estaba manifestando una realidad que cada día se vive en el mundo animal en libertad: se habían citado la vida y la muerte: un numeroso grupo de buitres daba cuenta de un cadáver de búfalo, hurgando para encontrar una sabrosa parte que llevarse al buche.
Pero la vida en esta sabana de hierbas secas también mostraba otra faceta amarga. Una pequeña familia de elefantes que se cruzó en nuestro camino, con la piel seca y sin rastro de haberse bañado en muchos días, vagaba en busca de hojas frescas para alimentarse.
Joseph tomaba una pista, luego otra, o allá donde otros no llegaban él lo hacía campo a través. Pero siempre mirando a un lado y otro. Buscaba lo que no sabíamos. No nos daba tregua. Nos transmitía inquietud.
En esas, redujo inesperadamente la velocidad del vehículo; y lo detuvo. Y sin tiempo para saber porqué nos encontramos a tan sólo 10 metros de un pequeño promontorio, y sobre la cima un bello ejemplar de leopardo contemplaba la puesta de sol.
I'm happy (“estoy contento”) repetía Joseph una y otra vez. La alegría de nuestro conductor-guía también la compartíamos, pues era otro de los cinco grandes y, según Joseph, es un animal muy difícil de ver.
Al anochecer, abandonamos la reserva habiendo visto en tan solo un par de horas cuatro de los grandes: búfalo, león, elefante y leopardo. Un excelente preámbulo para el día siguiente.

