Diriomo y brujería, Santa Catarina y no sólo la Laguna de Apoyo, sino también sus fiestas patronales
12 febrero 2012
El 24 de noviembre tomamos un bus en una calle aledaña al Mercado Municipal de Granada, y aunque nuestro destino final era Santa Catarina, a escasos 10 kilómetros, nos apeamos a mitad de trayecto, en Diriomo.
Diriomo es uno de los pueblos blancos de Nicaragua (Santa Catarina también lo es), antiguamente llamados "pueblos brujos" por las numerosas personas que en éstos practican la brujería, tanto blanca -de buenas intenciones- como negra -hacer daño. De ahí que a esta tranquila población de apenas 15.000 habitantes, en la que el tiempo parece no haber pasado, lleguen personas de toda clase y condición en busca de soluciones a sus problemas económicos, amorosos y de salud.
El lugar: un consultorio. Las herramientas: cartas, brebajes y consejos. El título: brujo, o también médico naturista o consejero espiritual como les gusta autodefinirse. En este municipio, la brujería es toda una cultura que no está mal vista, sino todo lo contrario: es aceptada como cualquier oficio, pues su práctica constituye una de las principales fuentes de ingreso para vendedores ambulantes, restaurantes, hospedajes, taxistas y artesanos.
En el barrio de El Rastro tiene su consultorio de brujería blanca una mujer gruesa, de ascendencia indígena y rondando los 60. Es Andrea Peña, reconocida en Diriomo como la mejor de las brujas. Su fama ha trascendido fronteras, por eso supimos de ella.
Solo por curiosidad, por conocerla, sin cita previa la visitamos. Un gran letrero en la puerta la anuncia. Nos recibió en un salón grande donde no faltan amuletos, vírgenes y otros cachivaches que dan a la estancia cierto aire de misterio. «Su fama nos ha llegado y tenemos interés en usted», le decimos. Pero el encuentro fue breve: no habíamos ido a consultarla, y tampoco buscamos soluciones por estos medios.
Un delicioso dulce a base de azúcar, leche y canela, las famosas cajetas de Diriomo, se anunciaba en una tienda de la plaza del pueblo. Entramos para comprar un par de cajas, y con la intención de preguntar al dependiente por la señora Marcelina Márquez, porque además de los brujos y las cajetas esta población también debe su fama a la chicha bruja.
Embriagante bebida que se prepara con los mismos métodos rudimentarios utilizados por los primitivos habitantes de la zona. El secreto para elaborarla radica en saber darle el punto exacto de fermentación al maíz y al platanito o guineo manzano, componentes esenciales del refresco.
Primero se humedece diariamente el maíz tendido sobre un mantel hasta que le salgan raíces. Un día antes de moler el grano, se lavan, pelan y machacan los plátanos verdes, los cuales se ponen a hervir después en una olla de barro.
Una vez frío, el cocido es filtrado por un colador hecho de bejucos y otras fibras vegetales y el líquido resultante se deja reposar durante 24 horas, tiempo que se aprovecha para moler el maíz, el cual se mezcla en otra cazuela de barro con el agua de plátanos ya fermentada.
Con otro día de reposo de por medio queda lista la chicha bruja, una bebida que consumida en grandes cantidades puede 'embrujar' al más recio bebedor.
Y porque Marcelina tiene la bien ganada reputación de elaborar la mejor chicha bruja de la región, sólo nos costó preguntar dos veces más para dar con su domicilio. La amable señora se excusó: apenas le quedaba un poco, que, cómo cortesía por la visita, lo coló para que pudiésemos probarlo (y llevar un botellín). Por suerte fue un sorbito nada más, aunque lo suficiente para inmediatamente notar sus efectos.
La de Marcelina fue la última visita en Diriomo antes de tomar el primer bus que se dirigía a Santa Catarina. 15 minutos más tarde llegábamos al cruce de Santa Catarina, a cuyo alrededor y en un tramo de la carretera un rosario de tiendas exponen para su venta árboles, plantas, flores, material de jardinería y, sobre todo, bellísimos jarrones, figuras... de cerámica y diversas formas y tamaños.
En este punto cabe decir que a lo largo de la carretera principal, que une Granada con Santa Catarina, se sucede una estela de pequeños y encantadores pueblitos que hacen muy interesante el viaje: en el cruce, a la entrada del casco urbano, cada población alza su propia y elegante escultura, con un motivo siempre distinto.
Si a Santa Catarina acude el turismo, tanto nacional como extranjero, es por la Laguna de Apoyo. Desde el cruce, a pie o en motocarro por una calle en pendiente de kilómetro y medio, se llega a un complejo turístico de tiendas de artesanías y restaurantes y dónde la estrella es el mirador sobre el cráter del antiguo volcán Apoyo.
En este lugar, uno deja discurrir el tiempo mientras contempla los tonos azules del agua que cubre el cráter, rodeado de vegetación espesa salpicada de algunos hoteles y apartamentos. Y, si el tiempo favorece, aparecerá la ciudad de Granada con el lago Nicaragua al fondo; y también la silueta del volcán Mombacho y el contorno de la isla Ometepe.
En todo caso, no fue la Laguna de Apoyo la que nos había llevado a Santa Catarina el 24 de noviembre, sino el final de sus fiestas patronales, que en el año del viaje caía precisamente en ese día. Pero en el pueblo apenas había gente en las calles, parecía no estar en fiestas. Y nos saltaron las dudas de si, tal como nos informaron en la oficina de turismo, tendría lugar la procesión y posterior suelta de los toros
Sin embargo, en el interior de la iglesia varios jóvenes daban los últimos toques a las telas y flores que adornaban la peana con la imagen de la virgen. Minutos después se oyeron los sonidos de trompetas y tambores, señal para que la virgen fuera sacada a hombros.
Salió, y enseguida se vio rodeada y jaleada por la multitud que ya se había congregado frente a la iglesia, y también por hermosos caballos con sus jinetes, entre los que se encontraba la reina de las fiestas.
Y, al son de la música, inició el recorrido por algunas calles de Santa Catarina.
Llegó al cruce, y se detuvo. Pues, no muy lejos, algunos hombres a caballo intentaban gobernar un par de bueyes amarrados con largas cuerdas. Había comenzado la "suelta de los toros", la otra gran parte de los festejos junto con la procesión.
Los animales, ataviados con un "collar" de flores y hojas secas, se resistían a dar un paso, especialmente el que era atizado por su avergonzado y embriagado dueño.
Se reanudó la procesión. Un becerrito, libre de cuerdas pero con su molesta corona de flores, correteaba y hacía huir a la gente.
Pero en esta ocasión era la pareja de bueyes la que abría la comitiva, imponiendo el ritmo de la marcha y parando a discreción; la santa detrás, y cerrando el séquito los acompañantes a pie y los jinetes, aunque algunos de éstos se posicionaban en cualquier lugar para tener un mayor control de la situación.
A las tres de la tarde, en la que quizás fuese la última parada junto a un cercado de palos que soportaban una lona raída: la "plaza de toros", dónde en un rato daría inicio un espectáculo en el que los mozos a la grupa de los bueyes procurarían no caerse, nos despedimos de Santa Catarina.
Y regresamos a Granada.


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